Publicado: Martes, 18 Febrero 2020

Sentido en el Sur

No recuerdo cuándo fue la primera vez que quise ir a África. Posiblemente fue un sueño nacido de posters pastorales de La Salle, de esos que sencillamente venían con una frase sobre el amor de Dios y un niño negro sonriente. Luego, algún libro que contaba la historia de un misionero, la información persistente sobre esa pobreza fuera de lo normal, y una intuición de fondo de que todo aquello tenía que ver con Dios y con mi ser cristiano. Sobrecoge pensar de qué poco y frágil está hecha una llamada, cuando caemos en la cuenta de la densidad de lo que está en juego. Creo que invita a no calentarse demasiado la cabeza con formulaciones. El cristalizado final es que, durante el noviciado -época que yo recuerdo con muchas más inseguridades que certezas-, le dije al maestro que algún día me gustaría ir a África. Ese era el deseo, sin más adornos ni ropajes.

He tenido la oportunidad de ir un par de veces, la primera al Chad, la segunda a Camerún, las dos dentro de las Experiencias Sentido Sur que organiza Magis en verano, las dos acompañando a jóvenes. Si echo la vista atrás y sigo esa fina línea de puntos, lo que experimento es que ese deseo tenía sentido. El sentido de conocer un nombre de Dios -ese rasgo suyo- que te puede llevar a experimentarlo más, a quererle más, a adorarlo incluso, para darlo a conocer a otros. Un nombre que va emergiendo en medio de los recuerdos.

Recuerdo ir siguiendo a Clementine, nuestra cocinera en el Chad, por el mercado de Sahr, la ciudad en la que vivimos poco más de un mes. Y la imagen de aquella enorme montaña de basura con todos los desperdicios que se generaban, en una de sus calles de acceso. A pesar de la suciedad y el caos, me gustaba esa experiencia cotidiana en el mercado de Sahr. A mí me dolían las manos por el peso de unas bolsas de plástico en las que ya no cabían más cosas, mientras que ella parecía ir de lo más ligera. Ella era la que sabía orientarse en aquel laberinto, la que sabía dónde comprar y dónde no. Clementine es madre soltera -tiene una niña y un niño- y seropositiva. Duerme sobre una especie de alfombra de junco –allí le llaman natte-. Cuando estamos en el Sur, traducir el Evangelio resulta más sencillo. Dios puede ser cualquiera.

Otro recuerdo: el de la atmósfera que se generaba alrededor de la eucaristía de las Esclavas del Sagrado Corazón en su foyer –su hogar- de Sangmelima, Camerún. No es fácil describir lo que ocurría, pero era como si todo –todo lo que hay en el mundo- se confabulase para acoger a las personas que estábamos allí. Yo salía a veces al camino para recibir a los que llegaban. Muchos repetían la misma ropa inverosímil y gastada durante días. Alguno parecía no andar bien de la cabeza. Las mujeres y los niños eran siempre mayoría. Cuando el sacerdote consagraba el pan y el vino, era posible sentir cómo se hacía presente ese Señor que es Cuidado de las personas. Meses después, uno de los jóvenes que participaron en la experiencia me confesaba que en su oración le preguntaba a Dios qué quería de él.

Me gusta pensar que lo de Camerún tuvo algo que ver.

Carlos Maza SJ

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