Publicado: Miércoles, 17 Junio 2020

Huellas en mi vida

Durante la madrugada del 16 de noviembre de 1989, una unidad del ejército salvadoreño entró en la Universidad Centroamericana (UCA) de San Salvador. Allí asesinó a seis jesuitas y a dos mujeres. También incendiaron y destruyeron el Centro Monseñor Romero, anejo a la vivienda de los jesuitas.

Esta matanza, aunque ocurrió hace más de treinta años, sigue siendo recordada por su magnitud, por su significado y por las consecuencias que tuvo. En estos días vuelve a ser tema de actualidad con motivo de la apertura, en la Audiencia Nacional de Madrid, del juicio contra uno de los presuntos autores intelectuales de aquel crimen, el ex – coronel Montano.

Hay que saber que, en 1989, yo estaba destinado en Centroamérica, concretamente en Nicaragua. El P. Provincial, José Mª Tojeira, me llamó a su lado, a San Salvador, y me encomendó la investigación y el seguimiento de lo que entonces empezó a llamarse el “caso jesuitas”. Es decir, me tocó conocer muy de cerca todos aquellos acontecimientos. Y me tocó escribir varios informes. El último, el más completo y definitivo, se publicó como libro en San Salvador (UCA editores) y en España (PPC).

No es difícil imaginar que aquellos tiempos dejaron huellas profundas en mi vida. Pero, para entenderlas mejor, quizá me tenga que remontar a los años anteriores vividos en América Central.

Fueron años de enorme paz interior, felicidad y consolación. A lo mejor resulta increíble para algunas personas, si se piensa que los años 80 fueron años de guerra, miseria y bloqueo en Nicaragua. Pero, para un religioso, para un jesuita, constituyeron un regalo, una gracia que intentaré explicar.

No es que el tiempo transcurrido idealice y suavice los recuerdos de aquella época, es que la situación en que vivía colmaba muchos sueños que pueden parecer utópicos o imposibles. Y esa huella, gracias a Dios, ha permanecido.

Quizás algún ejemplo lo aclare mejor.

En Nicaragua, en la Escuela de Agricultura de Estelí, en mitad del campo y en zona de guerra, un jesuita joven como yo, encontraba un lugar, un destino y una misión que contenía prácticamente todo lo que podía pedir. El servicio de la fe y la promoción de la justicia, que nos definían desde la Congregación General 32, se realizaban automáticamente. El sentirse presencia de la Iglesia, enviado por la Compañía entre los campesinos del norte de Nicaragua, te venía dado de regalo.

Los discernimientos más elementales, también: tenías claro dónde situarte. Sólo había dos opciones: entre los que matan o entre los que mueren. Como, evidentemente, no podías alinearte con los que matan, automáticamente estabas situado entre los que mueren. Y, en esto, te sentías hermanado y en comunidad con los jesuitas de la UCA, con los demás jesuitas, y con tantas otras personas en aquellos países.

Sabías dónde estabas. Sabías lo que te podía pasar. Y no tenía ningún mérito. Te venía dado como un regalo. Y, como tal, lo agradecías.

Estabas entre los pobres porque vivías con ellos y participabas de su suerte. Y yo daba gracias a Dios diariamente por haberme concedido, sin mérito alguno por mi parte, lo que pedimos en el coloquio de la meditación de Dos Banderas: “Un coloquio a Nuestra Señora, porque me alcance gracia de su Hijo y Señor, para que yo sea recibido debajo de su bandera, y primero en suma pobreza espiritual, y si su divina majestad fuere servido y me quisiere elegir y rescibir, no menos en la pobreza actual” (EE 147).

¿Cómo no dar gracias a Dios continuamente?

Aunque sea de forma muy breve, esto puede aclarar por qué decía más arriba que fueron años de enorme paz interior, felicidad y consolación.

Los asesinatos de la UCA no hicieron más que corroborar lo que uno interiormente vivía. Era una matanza horrible, pero no podíamos negar que era una “muerte anunciada”, que se veía venir. Y que, los que la sufrieron, no la quisieron esquivar. La mala noticia es que haya quien mate a quienes están al lado de los pobres. La buena noticia es que haya quienes estén a su lado hasta el final.

Se puede entender, supongo, que yo me sintiera muy cercano a mis hermanos asesinados. Se puede entender, también, que aquellos sentimientos y aquellas consolaciones permanezcan en mi corazón hasta el día de hoy. No siempre tiene uno la suerte de sentir tan intensamente la vocación. Cuando uno recibe estos tesoros de gracia, lo único que puede hacer es, humildemente, agradecer.

Aquella madrugada del 16 de noviembre de 1989 algunos vecinos parece que oyeron cuchicheos, sin entender lo que se decía. Justo antes de que los asesinos dispararan, una vecina aseguró haber oído una especie de rumor acompasado, “como salmodia de un grupo en oración”.

Cuando, al comienzo de la investigación del caso, conocí este detalle, imaginé que el murmullo acompasado que oyó la vecina era el de los padres tumbados boca abajo sobre la hierba, que recitaban juntos la oración de S. Ignacio: “Tomad, Señor, y recibid…” (EE 234).

Oración que yo sentí en aquel momento, unido a ellos.

Pedro Armada SJ

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