Publicado: Lunes, 11 Abril 2022

Buscar a Dios en Marruecos. Un testimonio

Pasar seis semanas en Marruecos fue una buena idea, aunque no fuera mi idea. Como parte de la tercera probación, un período formativo que realicé principalmente en Salamanca, fui enviado a Nador (nordeste de Marruecos), donde los jesuitas colaboran en dos proyectos, uno centrado en la atención a los migrantes y el otro en la educación de la población local marroquí.

Como he dicho, no era mi idea. En las conversaciones con mi superior, yo le argumenté (en vano) que ya conocía el mundo de los pobres: “Vengo de una familia con recursos limitados, trabajé como limpiador todos mis años de estudiante, pasé un tiempo en una comunidad de El Arca, etc.”. El instructor de tercera probación no estaba convencido. Alhamdulillah (alabado sea Dios). Sin la gracia de la obediencia yo no habría ido a Marruecos.

Aun así, fue un viaje duro. Varias imágenes me impresionaron profundamente, como el momento en que vi flamencos. Nador está situada junto a una enorme laguna costera, que comunica con el Mediterráneo. Tiene un paseo marítimo precioso. Un día, explorando la ciudad más allá del paseo marítimo, me quedé atónito al encontrar un grupo de flamencos buscando su alimento en las aguas costeras poco profundas. ¡Qué belleza! Pero ¡qué contraste con los dos hombres sentados tranquilamente delante de su casucha en el terreno que había entre las aves y yo! 

Este no fue el único contraste. Los migrantes a los que atendíamos estaban profundamente agradecidos por nuestro cariño y dedicación, pero no pude dejar de percibir también la desesperación en sus ojos. Los marroquíes de nuestra escuela eran gente agradable, cercana y vital; sin embargo, cuando algunos de ellos compartían su sueño de ir a Europa, yo pensaba con preocupación: ¿cómo va a salirte eso? Y cuando una tarde me di un paseo por la orilla de la laguna, para escuchar lo que el mar tenía que decir sobre mis experiencias, los niños pidiéndome que les comprara pañuelos de papel me pusieron muy triste.

El duro viaje no fue solo un viaje visual, un viaje de lo que veía. Fue, sobre todo, un viaje interior: un viaje de “mociones internas” (como decimos en la jerga ignaciana). Me impresionaba el buen trabajo que estábamos haciendo, pero a la vez sentía que era solamente una gota pequeña en un gran océano. Conocía a profesores y personal marroquí muy comprometidos y a jóvenes voluntarios españoles encantadores, pero, aunque es cierto que enseñábamos a cientos de estudiantes cada año, su formación resultaba limitada. Mientras alojábamos a unas pocas madres migrantes con sus bebés y ayudábamos a unos pocos migrantes heridos en su convalecencia, muchos más estaban escondidos en los montes cercanos a Nador. El agradecimiento y la admiración se alternaban con dudas intelectuales, tristeza y abatimiento.

Dos cosas me han ayudado a seguir adelante. Primero, sentía que era importante verme confundido e impresionado por la miseria a mi alrededor. En los Ejercicios Espirituales, se pide la gracia de la “vergüenza y confusión” ante la miseria del mundo. Después de un tiempo, me di cuenta de que eso era lo que estaba experimentando. No hace falta decir que no era agradable, pero parecía verdadero. 

En segundo lugar, empecé a pasar más tiempo con mis hermanos y hermanas migrantes. Con un joven leía Le petit prince. Con otro hablaba de filosofía y de religión. Y con otro más hablábamos de su familia allá en casa (noté una lágrima en sus ojos) y compartíamos sueños para el futuro. Más allá del contenido, lo que importaba era el encuentro. Daba la impresión de que les hacía bien.

En cuanto a mí, la sensación era de encarnación. Jesús no curó a todos los enfermos y no predicó en todas las ciudades, pero sí que predicó en algunas y sí que curó a algunos enfermos. De manera semejante, yo no estaba atendiendo a todos los refugiados, pero estaba atendiendo a algunos. En lugar de sentirme deprimido, empecé a sentir que aquí se sirve a Dios. Por la mañana lo servíamos asistiendo a los migrantes, por la tarde dando clases, y al final de la jornada reuniéndonos las diversas comunidades implicadas en el proyecto –las Hijas de la Caridad, las Infantitas y los jesuitas– para la eucaristía.

Así que no di respuesta a toda la miseria, solucioné muy pocas cosas y con frecuencia me sentí impotente. Además, me mantuve al margen de las (¡importantes!) preguntas estructurales sobre las causas de la migración y de la pobreza. Y sin embargo, sentía (y siento) –y el Espíritu Santo me susurraba en mi interior– que lo que estaba haciendo era algo al estilo de Cristo.

Jos Moons SJ

(traducción del inglés: José Luis Vázquez SJ)

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