Beatificación de Victor Dillard, un mártir jesuita
Este 13 de diciembre se celebra en la catedral de Notre-Dame de París la beatificación de los llamados ‘50 mártires del apostolado’, en una misa presidida por el cardenal Jean-Claude Hollerich SJ y retransmitida en directo. Entre ellos figura Víctor Dillard SJ, único jesuita del grupo. El 20 de junio de este año, el papa León XIV había declarado su martirio, junto con el de otros 49 franceses vinculados al Servicio de Trabajo Obligatorio (STO) de la Alemania nazi, muchos de ellos arrestados por animar capellanías clandestinas y fallecidos a consecuencia de prisión y deportación. El grupo lo forman 33 jóvenes laicos, 3 seminaristas, 4 franciscanos, 9 sacerdotes diocesanos y un jesuita, testigos de una página compleja de la memoria francesa: la resistencia cristiana al nazismo y una persecución religiosa poco conocida.
Nacido en Blois en 1897, en una familia numerosa y culta, Víctor Dillard vivió de primera mano las dos guerras mundiales. Tras la Primera discernió entre la carrera militar y la religiosa e ingresó en la Compañía de Jesús (1919). Profesor y prefecto en diversos colegios, desplegó una pedagogía innovadora, muy centrada en la experiencia del alumnado, lo que a veces le granjeó incomprensiones. Acompañó a jóvenes en la JEC (Jóvenes Estudiantes Cristianos) y la JOC (Jóvenes Obreros Cristianos) y se formó con amplitud: teología (ordenado en 1931), derecho y economía política, hasta defender en 1942 una tesis sobre la evolución de la moneda en Francia. Viajó por Inglaterra, Alemania, Irlanda y Estados Unidos, donde llegó a encontrarse con el presidente Roosevelt y su familia.
Desde 1937 trabajó con los jesuitas de la Action Populaire (iniciativa social jesuita francesa), difundiendo la Doctrina Social de la Iglesia, y publicó cerca de 270 artículos. Durante la Segunda Guerra Mundial sirvió como capitán, fue apresado en 1940 y como prisionero organizó retiros y una semana social antes de lograr escaparse en un traslado a Alemania. Sus superiores lo destinaron luego a Vichy, donde durante tres años sostuvo espiritualmente a funcionarios, refugiados y jóvenes de movimientos apostólicos. La vigilancia de la Gestapo y el ejercicio de su libertad de expresión le empujaron a dejar Vichy en agosto de 1943.
Fiel a los obreros y estudiantes que acompañaba —especialmente a la JOC—, y alentado por el arzobispo de París, decidió unirse a los jóvenes franceses enviados al STO para servirlos como capellán clandestino. Ocupó un puesto de electricista y se hizo pasar por padre de familia para poder entrar en los campamentos; fue destinado a la cuenca del Ruhr (Wuppertal) en octubre de 1943. Dos meses después, una directiva nazi prohibió toda asistencia religiosa a los obreros franceses: la JOC y Scouts fueron perseguidos con especial dureza. En ese choque simbólico —la esvástica frente a la cruz de Cristo— se sitúa su testimonio.
Arrestado en abril de 1944, permaneció encarcelado hasta su deportación a Dachau a finales de noviembre. Allí fue acogido por el joven jesuita Jacques Sommet y asistido por el P. Michel Riquet SJ y Edmond Michelet. Murió a los 47 años, el 12 de enero, tras seis semanas en el campo, consumido por una septicemia. En ese breve tiempo se ganó la admiración de quienes lo trataron por su humildad, su abnegación y su modo de confirmar en la fe a los compañeros de cautiverio. Poco antes de morir resumió su entrega con una frase que hoy da clave a su martirio: "Ofrezco mi vida por la Iglesia y por la clase obrera".
Un testigo para hoy
La figura del P. Dillard encarna la misión jesuita: acompañar, servir y sostener la esperanza en contextos de opresión. Su memoria permanece viva en Blois (una calle, un centro escolar y una fundación llevan su nombre; en 2017 se emitió un sello con su efigie) y en la tradición de la JOC y la Acción Católica, que hallaron en él un capellán cercano y valiente.
La beatificación de ‘los 50 del STO’ no solo recupera historias borradas por la guerra, sino que pone de relieve la resistencia del Evangelio ante totalitarismos que pretenden borrar la conciencia y silenciar la fe. En Víctor Dillard, la Iglesia reconoce a un mártir de la caridad pastoral, un hombre para Cristo y para sus hermanos que eligió compartir la suerte de los más vulnerables —los obreros forzados— y selló con su vida la fidelidad a Dios y a su pueblo.