Una oportunidad para alzar la mirada
Por Ovidio Menéndez, responsable de la pastoral de Educsi
Hay momentos en los que una propuesta llega y la primera reacción, casi inevitable, es mirar la agenda. Y al mirarla, uno entiende rápidamente la tentación de responder: “no puedo”, “no llegamos”, “no hay tiempo”, “esto nos descoloca todo”. A estas alturas del curso, cualquier novedad tiene algo de sacudida. En los colegios, el final de curso siempre nos exige mucho.
Por eso la visita del Papa León XIV a España, del 5 al 7 de junio de 2026, podría parecer, a primera vista, una complicación más. No llega en el momento que habríamos elegido.Como delegado de Pastoral de Educsi, soy muy consciente de lo que esta propuesta puede suponer para los equipos de pastoral, los equipos directivos y los responsables de nuestros centros. Sé que pedir una implicación más en este tramo del curso no es poca cosa. Sé también que, en muchos casos, la primera sensación puede ser de agobio. Cuando empezamos a dialogar sobre qué hacer teníamos en cuenta todo esto. Pero también nos pudimos preguntar si alguna vez hay alguna propuesta que llegue en el momento ideal. Si nuestros esquemas previos eran más grandes que la oportunidad que tenemos entre manos.
Los encuentros que nos transforman, las conversaciones que cambian nuestra mirada, las llamadas que abren caminos nuevos o las oportunidades que dejan huella irrumpenen medio de la vida tal como es. Con sus prisas, sus límites y sus imperfecciones. Dios suele hacerse presente precisamente ahí, en medio de lo ordinario, invitándonos a descubrir su paso por nuestra historia y a reconocer que sigue trabajando en nosotros y en el mundo. Tal vez por eso el lema que acompaña esta experiencia resulta especialmente sugerente: Alzad la mirada.
Alzar la mirada significa levantar los ojos por encima de nuestras urgencias inmediatas para recordar que la realidad es más grande que nuestras preocupaciones cotidianas. Significa detenernos un momento para contemplar aquello que normalmente pasa desapercibido. Significa salir, aunque sea por unos días, de nuestro pequeño mundo conocido para descubrir horizontes más amplios.
Alzar la mirada también significa descentrarnos. Salir, aunque sea por un momento, de nuestras inercias, de nuestros modos habituales de hacer las cosas y de la sensación de que nuestra realidad es toda la realidad. Experiencias como esta nos permiten encontrarnos con otras personas, otros colegios, otras historias y otras búsquedas. Y cuando eso ocurre, algo se ensancha dentro de nosotros. Descubrimos que siempre hay algo que aprender de quien camina a nuestro lado.
Y esto también es una experiencia de gran valor para algunos de nuestros jóvenes. En concreto, para aquellos alumnos y alumnas de entre 15 y 18 años que están en proceso pastoral, que se hacen preguntas, que buscan, que desean profundizar en su fe o que están en ese momento delicado en el que una experiencia compartida puede abrir caminos interiores.
No se trata de apuntarnos a un acontecimiento porque “hay que estar”. Es una oportunidad de pararnos y discernir qué pastoral queremos ofrecer. Esa palabra tan nuestra y tan necesaria. Discernir cómo nuestros jóvenes pueden vivir esta experiencia con hondura. Discernir cómo ofrecerla sin solapar otros procesos del centro. Discernir cómo acompañarla para que no sea solo una salida, una foto o un recuerdo intenso de fin de semana, sino un paso más en un camino de fe.
En Madrid, durante esos días, participaremos más de mil personas de 40 colegios jesuitas de las Provincias de España y de Portugal. Y lo haremos como miembros de la Iglesia en los actos centrales que se organicen con motivo de la visita del Papa, especialmente la vigilia del sábado y la Eucaristía del domingo. Al mismo tiempo, también lo haremos cuidando espacios propios de oración, convivencia y encuentro. Poniendo en el centro que nuestro objetivo es ayudar a que los jóvenes puedan vivir y ponerle palabras propias a lo que ocurra con profundidad, con sentido y con libertad interior.
Esta experiencia puede ayudarles a madurar en su fe cristiana y a sentir con la Iglesia. Dos expresiones que, si no las cuidamos, pueden sonar grandes o lejanas, pero que tienen una enorme fuerza educativa. Madurar en la fe es aprender a preguntarse quién soy, hacia dónde voy, qué lugar ocupa Dios en mi vida, qué llamadas percibo. Sentir con la Iglesia es descubrir que la fe no se vive en solitario, que formamos parte de una comunidad amplia, imperfecta, diversa y viva, que camina en medio del mundo. Una Iglesia amplia, diversa, plural y viva. Una Iglesia formada por personas distintas, con sensibilidades distintas y recorridos distintos, que sin embargo comparten el deseo de seguir a Jesús y construir un mundo más humano.
Por eso será clave el acompañamiento de cada centro y de cada persona que esté cerca de los jóvenes peregrinos. El verdadero fruto de esta experiencia dependerá del antes, del durante y del después: de cómo la presentemos, de cómo les preparemosinteriormente, de cómo ayudemos a los jóvenes a situarse ante lo que van a vivir y de cómo les ayudemos a reconocer después lo que han recibido. Ahí es donde una propuesta que llega con prisas puede convertirse en un proceso. Ahí es donde una agenda llena deja espacio a una experiencia con sentido.
Quizá, dentro de unos años, pocos recuerden los horarios, el cansancio o los detalles de la organización. Quizá ni nos acordemos de cómo esta visita descolocó nuestros planes. Pero es posible que muchos jóvenes (y no tan jóvenes) recuerden haber descubierto que no estaban solos en su búsqueda. Que formaban parte de algo más grande que ellos mismos. Que la fe podía vivirse junto a otros. Y quizá recuerden también a quienes les ayudaron a levantar la mirada. Si eso ocurre, habremos descubierto que, en ocasiones, la mejor manera de cuidar la agenda es dejar espacio para aquello que verdaderamente importa.