Publicado: Jueves, 25 Junio 2026

“El protagonista era Jesús”: Ana Codina, una joven ignaciana junto al Papa en la vigilia de Madrid

Ana Codina tiene 22 años, estudia Educación Infantil y Primaria y vive su fe en los Grupos Católicos Loyola, en una de las comunidades de la Parroquia San Francisco de Borja (Maldonado, 1, Madrid). Allí lleva desde los 13 años. El sábado 6 de junio vivió una experiencia que aún no ha terminado de asimilar: estuvo en el escenario de la plaza de Lima durante la Vigilia de oración de los jóvenes presidida por el Papa León XIV.

Ana no solo vio al Papa de cerca: le acompañó en ese momento de oración junto a otros jóvenes, en una vigilia en la que 600.000 personas compartieron el silencio y la adoración al Santísimo. “Fue un regalazo”, explica Ana, que tuvo que separarse del grupo de MAG+S con el que peregrinaba para participar en los ensayos y en la propia vigilia.

Una propuesta inesperada

La invitación le llegó a través de uno de los jesuitas que participaba en la coordinación de los actos, que debía proponer a una joven para el grupo que acompañaría al Papa en el escenario de la vigilia. Ana aceptó enseguida.

Al principio, reconoce, no terminaba de creérselo. Después fue comprendiendo que aquello no era solo un privilegio personal, sino también una responsabilidad: estar allí representando de algún modo a tantos jóvenes de Madrid, a quienes participaban en la vigilia y también a quienes no estaban o no compartían la fe. “Lo viví con mucha emoción, también rezando mucho”, recuerda.

El compromiso conllevaba ensayos durante los tres días previos, y pasar la práctica totalidad del sábado en la parte de atrás del escenario, hasta el momento de la adoración. Pero la presencia del Papa, unida al ambiente de la plaza, hizo que el momento fuera distinto.

Una Iglesia viva

Al llegar a la Plaza de Lima, el Papamóvil se detuvo más lejos de lo previsto. Eso hizo que el Papa tuviera que saludar a más personas, pero él se detenía con todos, jóvenes y niños: “Fue una pasada ver ese gesto tan humano y tan cercano”, explica.

Lo que veía a su alrededor le dejaba una imagen clara: una Iglesia viva. No solo por la presencia de los jóvenes, sino también por la de muchas familias, niños y personas mayores, que compartían la fe con la misma pasión.

El silencio de la Castellana

El momento que más la marcó llegó con la adoración al Santísimo. La alegría, los gritos y la emoción de la llegada del Papa dieron paso, casi de golpe, a un silencio profundo.

“Lo que más me impactó de la adoración fue el silencio sepulcral que se formó en la Castellana”, afirma. “Fue justo lo contrario de lo que sucedió cuando llegó el Papa. Todo el mundo estaba alegre, gritando, con mucha emoción; y, en cuanto el Señor estuvo expuesto, todo fue silencio”.

Ese silencio le ayudó a comprender mejor una de las ideas que el Papa había compartido con los jóvenes: la importancia de buscar silencio para rezar.

“Me emocioné mucho. La sensación era estar enfrente de Jesús. Al final, el principal de la vigilia era Jesús. Y pensar que a dos metros estaba el Papa, el sucesor de Pedro, fue muy fuerte”.

En ese momento percibió con especial claridad la unión con la Iglesia. Una unión que, dice, también experimenta en la oración cotidiana, pero que allí se hizo visible de una forma grande, compartida y concreta.

El Papa señaló al centro

De sus mensajes, Ana se queda especialmente con dos. El primero, la invitación al silencio y a la oración. El segundo, la llamada a no tener miedo a la vocación, entendida de forma amplia: a la vida religiosa, al matrimonio, a formar una familia y a responder con libertad a lo que Dios pide.

Si tuviera que resumir lo que el Papa dijo a los jóvenes, lo expresa así: “Que seamos Iglesia unida y activa. Que nos movamos por amor”.

Un saludo personal y un rosario

Al terminar la vigilia, Ana y los demás jóvenes salieron del escenario. Todavía estaban asimilando lo vivido cuando les indicaron que formarían una fila para saludar personalmente al Papa. Fue breve, porque eran muchos jóvenes. Pero para ella fue un momento esperado y lleno de sentido. Les saludó uno a uno y les entregó un rosario.

“Fue un saludo muy rápido, pero muy deseado, con mucha ilusión”, recuerda, mientras enseña el rosario que ya le acompañará siempre.

Dios en los detalles

De la vigilia, Ana se lleva una certeza: Dios estaba en aquel momento grande, pero también está en los pequeños detalles. En las personas concretas, en los gestos sencillos, en la emoción compartida, en la oración y en lo que cada joven hará después con lo vivido.

Está convencida de que la paz, la alegría, la emoción y el ambiente sano que se ha testimoniado, también puede tocar a quien mira desde fuera y no tiene fe. 

La vigilia terminó, la visita del Papa acabó, pero ella guarda lo vivido como una misión y un envío: a seguir rezando, a formarse, y a hacer vida las palabras de León XIV, buscando a Dios también lejos del escenario, sin focos, y sin multitudes. Ahí, en lo cotidiano, empiezan los frutos.

 

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