Enric Puig SJ: «No se trataba de congregar multitudes, sino de congregarlas con sentido»
Cuando el cardenal Joan Josep Omella le pidió que coordinara la visita del papa León XIV a la diócesis de Barcelona, Enric Puig acababa de cumplir 80 años. «¿Es usted consciente de que tengo 80 años?», le advirtió, con algunas reticencias. «Yo también», respondió Omella. La réplica lo desarmó.
Enric Puig, jesuita, ya había coordinado la visita de Benedicto XVI en 2010, con motivo de la consagración de la basílica de la Sagrada Familia. Esta vez, sin embargo, el encargo comportaba una agenda más amplia, una gran diversidad de actos y una organización técnica mucho más compleja.
Casi dos meses después, no oculta su satisfacción por el trabajo realizado y la amplia repercusión de la visita. Pero nos invita a no quedarnos únicamente con el recuerdo de las imágenes de aquellos días. «Hemos alzado la mirada, ¿pero ahora qué?», se pregunta. Para Enric Puig, el siguiente paso es, como nos ha pedido el Papa, volver a situarla a ras de suelo, sobre la realidad y las personas que tenemos a nuestro lado.
Ya habías coordinado la visita de Benedicto XVI en 2010. ¿Qué ha sido diferente esta vez?
Este viaje nos ofrecía unas posibilidades que entonces no tuvimos, sobre todo por el tiempo disponible. Pero también ha habido una gran diferencia en el plano organizativo. La visita de Benedicto XVI la organizamos con un equipo de voluntariado. Ahora habría sido imposible, entre otras cosas por la complejidad técnica. Por ejemplo, todas las gestiones para acreditar a las personas que asistieron a los actos se realizaron de forma digital. Esto fue posible gracias a la Sagrada Familia, que puso al servicio de esta visita toda una estructura organizativa.
Una visita así implica a administraciones, cuerpos de seguridad, responsables de los espacios y muchos equipos diferentes. ¿Cómo funcionó esta coordinación?
La colaboración con las autoridades fue muy buena. Aportaron todo lo necesario para que la visita pudiera desarrollarse con fluidez y para que los distintos espacios estuvieran preparados. Solo puedo tener palabras de agradecimiento.
La diferencia más visible respecto a 2010 fue la diversidad de actos. ¿Con qué criterio se prepararon?
Me preocupaba que fueran actos organizados simplemente para cumplir. Con los equipos de trabajo buscamos siempre que cada uno tuviera una característica diferente de los demás. No se trataba de organizar encuentros del Papa con gente ni de congregar multitudes porque sí. Se trataba de congregarlas con sentido. Así fue en la Catedral, en el Estadio Olímpico, en la prisión de Brians, en Montserrat, en la parroquia de Sant Agustí, en la Sagrada Familia… y cada acto estuvo cargado de sentido.
Y se consiguió llegar a mucha gente.
La visita de Benedicto XVI había tenido cierto déficit de contacto directo con la gente. Esta vez queríamos que el Papa pudiera encontrarse ampliamente con la comunidad eclesial, pero también con todos los ciudadanos y ciudadanas que quisieran participar. Se congregaron sensibilidades muy diversas y era necesario dar respuesta a todo el mundo. Creo que se consiguió. En el Estadio Olímpico había formas muy diferentes de vivir la pertenencia a la Iglesia. Hay quien tiene interés en contraponer y enfrentar esta diversidad, pero la actitud del santo padre fue otra. Presentó una Iglesia del encuentro, de la aceptación y del trabajo conjunto.
La visita a la prisión de Brians tenía unas dimensiones muy diferentes.
Participaron pocas personas, pero era un acto con un gran significado. Incluir Brians, en la diócesis de sant Feliu de Llobregat, en el programa no era un gesto de cara a la galería. Era una manera concreta de afirmar el respeto a la dignidad de toda persona. Nos ha ayudado a entender que la Iglesia no puede quedar encerrada en sí misma. Debe ser una Iglesia que acompaña, que sale y que va al encuentro de las personas, especialmente de aquellas que se encuentran en situaciones de mayor vulnerabilidad.
Tampoco debe de ser fácil que todo el mundo quede contento. Imagino que mucha gente quería salir en la foto.
Eso forma parte de la condición humana. En ocasiones así aparecen actitudes como la vanidad o el deseo de estar más cerca del Papa. Pero debo decir que, en todas partes, la gente sabía muy bien adónde iba. Por ejemplo, incluso en los actos multitudinarios, el silencio se respetó mucho. Había conciencia de lo que estábamos haciendo.
¿Cómo es el papa León XIV en las distancias cortas?
No he podido mantener una conversación larga y fluida con él. Pero es una persona que, cuando la saludas, te mira a los ojos y presta atención a quien tiene delante. También lo hacía Benedicto XVI. Para mí, eso ya muestra cómo es una persona. Y en el Estadio pude percibir que, cuando llegaba el momento de conducir el encuentro hacia la oración, tenía una gran capacidad para recogerse y ser consciente de lo que estaba viviendo. Con su propia actitud ayudaba a pasar, en medio de un acto multitudinario, a un momento de silencio, reflexión e interioridad.
¿Qué descubriste del santo padre durante aquellos días?
La gente se volcó con él, pero él también se volcó. Las respuestas que dio a cada una de las realidades que le plantearon no eran respuestas estándar, sino que estaban dirigidas a cada persona y a cada situación concreta. Y mostró una gran voluntad de responder a la comunidad que lo acogía. Pidió poder escuchar previamente los textos en catalán para trabajar la pronunciación y dar sentido a lo que leía. No fue necesario darle demasiadas explicaciones. Enseguida se dio cuenta de que era una cuestión importante y puso en ello el esfuerzo necesario. Es un elemento que puede pasar desapercibido, pero creo que merece la pena destacarlo, porque también muestra cómo es León XIV.
¿Te ha sorprendido la repercusión que ha tenido la visita?
Sí, y ha sido muy superior a lo que esperaba. También entre personas no creyentes o alejadas de la Iglesia. Su tono ha hecho que incluso personas distanciadas de la Iglesia se hayan interesado y hayan mostrado respeto y acogida. Su visita ha tenido una repercusión social y espiritual que no se puede pasar por alto. Nos ha quedado claro el lema del viaje: alzar la mirada. Y también que se trata de una llamada a la esperanza y a intentar transformar la realidad.
La visita terminó con una imagen de gran belleza, en la Sagrada Familia.
Será uno de los principales recuerdos de esta visita del Santo Padre. La clausura, con los drones y las palabras de Gaudí, tuvo una dimensión cultural y fue una llamada a la belleza y a la humanización. Celebrar la eucaristía con tantas personas diversas, dentro y fuera del templo, y la forma festiva en que terminó expresaban muy bien el espíritu que animó el conjunto de la visita: una Iglesia que sabe que debe ser misionera, que acoge a todos, que quiere tener una palabra para todos y que sale al encuentro, con el Santo Padre al frente.
Ahora que ya puedes contemplarlo con un poco más de distancia, ¿qué nos deja la visita?
Me queda una inquietud. Hemos alzado la mirada, ha sido extraordinario, nos hemos sentido acogidos, hemos rezado, nos hemos sentido cercanos a quienes teníamos al lado… Pero ¿y ahora qué? Me parece que eso es lo que debe preocuparnos. Alzar la mirada ha sido una llamada a volver a dirigirla hacia el día a día, a ras de suelo, para ver qué debemos hacer. Y León XIV nos lo ha puesto difícil, porque nos hemos encontrado no con aquello que buscamos, sino con quien tenemos al lado. Debemos ser capaces de salir al encuentro de todos, de trabajar con todos y, sobre todo, con quienes más lo necesitan. Ese «¿y ahora qué?» debería inquietarnos mucho. El Papa tuvo muchas ocasiones de hablar durante la visita y nos dejó numerosos elementos para la reflexión. Ahora habrá que volver sobre ellos y buscar respuestas a todo lo que nos planteó.
Pocos días antes de que el Papa llegara a Barcelona estabas en el barrio del Clot, hablando de tu experiencia de tantos años acompañando a la Comunidad Cristiana Sant Pere Claver. A lo largo de tu vida has combinado el acompañamiento pastoral, muy cercano a personas y comunidades, con responsabilidades institucionales. ¿Cómo has vivido esta doble dimensión?
Siempre me ha ocurrido. Cuando fui director general de Juventud también era consiliario de un grupo en el Clot. Rezábamos los domingos por la tarde y yo siempre sufría por si llegaría a tiempo. Pero nunca he querido dejar la pastoral. Siempre he querido compaginar estas dos dimensiones. Este encargo me ha llegado entre mis 80 años y los cincuenta años de mi ordenación sacerdotal, que celebraré el próximo mes de abril. A lo largo de mi vida he intentado no abandonar esta llamada al trabajo pastoral, aun asumiendo tareas de gestión y organización. No las he buscado, pero han ido surgiendo.
Foto: Pep Daudé / Arzobispado de Barcelona