Publicado: Jueves, 01 Enero 2026

Carta de Navidad desde el corazón del JRS

Tercera entrega de esta serie de cartas que distintos jesuitas repartidos por el mundo nos han hecho llegar desde sus lugares de misión. En esta ocasión, es Alberto Ares SJ quien, desde su servicio en Bruselas en JRS Europe nos comparte estas líneas.

Caminando en Navidad: Nuestra llamada a la hospitalidad

Desde Bruselas, donde el invierno hace más corto el día y más largo el abrazo que necesitamos, os escribo estas líneas en el umbral de la Navidad. Aquí, en el corazón administrativo de Europa, late también el pulso de millones de historias que no se leen en los tratados ni en las directivas: las historias de quienes llaman a nuestras puertas, con lo puesto, buscando refugio y una mano amiga.​

Desde mi misión en JRS Europa, donde acompañamos a 200.000 personas refugiadas y migrantes cada año en 23 países y más de 240 localidades, he aprendido que la Navidad no es una postal nostálgica, sino un grito de vida. Jesús nació refugiado. No en sentido metafórico, sino real: María, José y el Niño tuvieron que huir a Egipto escapando de la persecución de Herodes, que atentaba contra su vida. La Sagrada Familia conoció el camino polvoriento del destierro, el miedo en los ojos, la incertidumbre de no saber dónde dormir mañana. Fueron migrantes forzosos, como los millones que hoy atraviesan desiertos y mares buscando protección.​​

Esta verdad, tantas veces olvidada, debería estremecernos. El Dios que adoramos eligió nacer vulnerable, desplazado, dependiendo de la hospitalidad ajena. No vino en la comodidad del poder, sino en la fragilidad del excluido. Y esa fragilidad sigue encarnándose hoy en los rostros de las familias ucranianas que huyen de la guerra, de las afganas que dejaron todo atrás, de las sirias que sueñan con regresar algún día. Son Jesús mismo pidiendo posada, llamando a nuestras puertas.​

Nuestra segunda Preferencia Apostólica Universal nos llama precisamente a "caminar junto a los pobres, los descartados del mundo, los vulnerados en su dignidad". No se trata de asistencialismo, sino de acompañamiento: esa palabra ignaciana que significa compartir el pan —cum panis— caminar al lado, estar presente sin exigir nada, respetando la dignidad y libertad del otro. Es lo que Ignacio vivió y nos enseñó: acompañar es hacer presente la compañía de Dios en la vida concreta del hermano y hermana que sufre.​

Desde JRS Europa trabajamos cada día por devolver dignidad a quienes el mundo descarta. Visitamos centros de detención donde personas inocentes están encerradas por el "delito" de buscar protección. Educamos a jóvenes refugiados para que puedan soñar un futuro. Denunciamos las políticas que convierten el Mediterráneo en cementerio y las fronteras en muros de indiferencia. Pero sobre todo, intentamos mirar a cada persona como lo que es: una imagen de Dios, portadora de dignidad, merecedora de acogida.​

Esta Navidad os invito a contemplar el pesebre con ojos nuevos. Imaginad a María abrazando a Jesús recién nacido en la precariedad de Belén, sabiendo que pronto deberán huir. Sentid el frío de José buscando un lugar seguro, la angustia de no poder proteger a los suyos. Y preguntaos: ¿dónde está hoy esa Sagrada Familia? Está en las familias venezolanas y nicaragüenses que buscan un lugar seguro en Europa, en las madres que atraviesan selvas con sus hijos a cuestas, en los padres que arriesgan su vida en el mar para dar una oportunidad a los suyos.​

El misterio de la Navidad no es dulce, es subversivo. Nos dice que Dios eligió hacerse pequeño, pobre, extranjero. Y nos pregunta: ¿qué lugar tiene en tu vida el que llega de lejos? ¿Qué sitio ocupa en tu corazón el descartado, el vulnerable, el que no tiene voz?

Ojalá que la Navidad nos haga más humanos. Que nos ayude a romper los muros de indiferencia que levantamos en nuestros corazones. Que nos mueva a la acción concreta: defender políticas justas de acogida, acompañar proyectos con refugiados, educar en la hospitalidad, denunciar la injusticia que empuja a millones a huir. Las personas migrantes aportan mucho más de lo que reciben; su presencia en nuestros barrios nos enriquece y nos devuelve la memoria de quiénes somos: un pueblo peregrino, en camino, que también fue extranjero en Egipto.​

Que el Niño de Belén, refugiado y vulnerable, nazca en nosotros esta Navidad. Que su fragilidad nos haga fuertes en la compasión. Que su pequeñez nos agrande el corazón. Y que su luz ilumine nuestro compromiso por un mundo donde nadie tenga que huir, donde todos tengan hogar, donde la hospitalidad venza al miedo.

Os envío un fuerte abrazo desde Bruselas, llevando en mi oración a toda la Provincia y a las personas refugiadas y migrantes que Dios pone en nuestro camino.

Alberto Ares Mateos SJ
JRS Europe
Bruselas, Navidad 2025

SJM
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